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General, de Manuel José Arce imprimir | correo
General
—no importa cuál,
da lo mismo,
es igual—:
Para ser General,
como usted, General,
se necesita
haber sido nombrado General.
Y para ser nombrado General,
como usted, General,
se necesita
lo que usted no le falta, General.
Usted merece bien ser General,
llena los requisitos, General.
Ha bombardeado aldeas miserables,
ha torturado niños
ha cortado los pechos de las madres
rebosantes de leche,
ha arrancado los testículos y lenguas,
uñas y labios y ojos y alaridos.
Ha vendido mi patria
y el sudor de mi pueblo
y la sangre de todos.
Ha robado, ha mentido, ha saqueado,
ha vivido
así, de esta manera, General.
General
—no importa cuál—:
para ser General,
como usted, General,
hay una condición fundamental:
ser un hijo de puta,
General.


Equis-equis, de Manuel José Arce imprimir | correo
—No, no es él.
—Sí, sí es él.
—No, no es él. No es posible que esto pueda ser él.
—Mira la cicatriz de la vacuna.
—No, no es él.
—Mira la corona de la muela que le puso Miguel
hace seis meses.
—No, no es él.
—Yo pienso que sí es él. Que esta vez si es él.
—No, no es él.
Como podría ser él si no tiene ojos.
Como podría ser él si no tiene sus manos laboriosas.
Como podría ser él si le han cortado sus semillas de hombre.
Como podría ser él sin su guitarra ni su canción,
sin aquel ceño duro ante el peligro, sin aquella sonrisa en el
trabajo.
sin su voz pronunciando el pensamiento, sin su tonta manía
de regalarme flores.
Como podría ser él.
No es él. Te digo que no es él.
No quiero que sea él.


Masacre en el dormitorio, de Manuel José Arce imprimir | correo
Estábamos tranquilos,
dulces y agradecidos
con nuestras simples vísceras que nos dieron pretexto
para satisfacerlas.
Y estábamos haciéndolo
contentos.
              
Y he aquí que de pronto,
sin previo aviso
y sin pedir permiso, todos ellos
han venido a meterse en nuestra propia cama,
aquí,
entre nuestras sábanas,
y ponen los zapatos en la almohada
-donde pusiste el sueño-
y amenazan quebrar la cabecera que me costó serruchos y martillo.
No nos dejan estar,
nos registran los pelos de las ingles en busca del pecado,
sacan el código y el dedeté,
la indagación y los escapularios.
Yo no sé
ni me importa
si es que tienen derecho.
Me consta, nada más, que me son antipáticos,
que me molestan como las agruras
y los soporto sólo por ver si los alejo.
              
Son un tropel de gansos metidos en la cama,
graznan y ensucian todo con sus patas palmípedas,
amenazan con picos y miradas
y me parece que te me acobardan.
              
Lo único que quiero es besarte completa,
y poderme acostar sobre tu vientre
y saberte feliz de estar conmigo.
              
Amarte sin sofisma ni retórica.

Llenar los dos desnudos nuestra cama.
Creo que es suficiente.
              
No sé qué hacer con todos estos molestos pajarracos.
Miedo de que te lleven.
De que no nos permitan terminar nuestro abrazo.
Nos están estorbando.
No sé cómo espantarlos.
              
Creo que ahora mismo me sacaré los ojos.

Autor: Manuel José Arce


Un cráneo en la sombra, de Manuel José Arce imprimir | correo
¿Dónde poner ahora la cabeza?
Me dijeron:
-Los pies sobre la tierra,
las alas en el viento
¡y las manos arriba!
¿Y la cabeza?
Se ha tejido teorías, se ha fabricado hipótesis:
-La cabeza, debajo del sombrero;
encima de los hombros;
al final del cogote;
detrás del mecapal;
bajo el cuchillo de la guillotina;
al encuentro de un tiro de pistola;
enmedio de laureles;
bajo la lupa de un sicoanalista.
¡Pero nunca en tus manos,
nunca en tu regazo,
nunca en la almohada, al lado de la tuya!

Y de no ser así,
¿cómo justificarla?
Ya no es bastante sólo decir:
-Gracias a ella existen las industrias
de peines, de analgésicos, de anteojos,
libros y barberías,
los dentistas, los oculistas y los narigólogos,
¡tanta gente viviendo de este redondo y complicado fruto!

Pero al final de cuentas,
yo sólo estoy aquí preguntando una cosa:
-Si no es entre tus manos, si no es en tu regazo,
si no es sobre la almohada, al lado de la tuya,
¿dónde poner, entonces, la cabeza?


Autor: Manuel José Arce
Tomado del libro Yo no quisiera ser de aquí, publicado por Editorial Praxis en México


Yo no quisiera ser de aquí de Manuel José Arce imprimir | correo
Yo no quisiera ser de aquí,
Amo, con todo lo que soy, este suelo y su gente.
Por eso mismo, sufro de manera atroz.
Por eso mismo, me duele hasta el aire que pasa.
Por eso mismo, no quisiera estar aquí.
No quisiera amar tanto a este país, a esta gente.
El amor se me transforma en dolor. Y eso no es justo.
El amor ha sido siempre alegre, constructivo, sinónimo de felicidad y optimismo.
Yo amo a mi país. Y es un amor triste, impotente, infeliz, que me duele,
que todos los días tiene nuevas llagas, que siempre está más y más crucificado.
Veo su mapa cercenado, una y otra vez.
Veo su historia de burlas crueles, sangrientas.
Veo su geografía amenazada por el planeta.
Veo a sus moradores misérrimos, ignorantes, enfermos, raquíticos, hambrientos.
Veo su suelo ubérrimo, inúltimente ubérrimo, para la mayor parte de sus habitantes.
Veo su violencia, progresiva, galopante.
Veo, siento, vivo su tragedia incesante. Y me duele.
Me duele tanto como me duele decir: "Yo no quisiera ser de aquí",
"yo no quisiera ser de aquí".
Porque ser de aquí es una enfermedad incurable. Uno se va, y entonces la nostalgia.
Uno se va, pero las noticias lo persiguen,
los ojos buscan siempre un algo de aquí, la distancia castiga.
Uno se va. Pero aunque se vaya, no se va: uno anda llevando su Guatemala adentro,
como un amado cáncer, como una idea fija, como un verde corazón que siempre
duele al palpitar y que palpita siempre.
Yo no quisiera ser de aquí. Yo no quisiera ser de aquí.
Y aunque me duele el dolor del mundo, perdóneseme,
pero me duelen menos otros países que éste.
Me voy a veces. Me meto en un libro y me voy.
Tomo un pasaje de canción o recuerdo y me voy.
Escribo una carta, me meto con ella en el sobre, me pongo en el correo y me voy.
Pero dura muy poco mi viaje: desde adentro de mí mismo este país
-éste pequeño  y cruel país-, se me hace presente, me sangra, me duele.
Cuánto amor en el dolor. Cuánto dolor en el amor.
Qué dura eres, Guatemala.

Autor: Manuel José Arce
Tomado de Antología poética Yo no quisiera ser de aquí, publicado por Editorial Praxis, 2005.



Manuel José Arce imprimir | correo
MANUEL JOSE ARCE (1935-1985)


LA HORA QUE HIZO TEMBLAR AL MUNDO

Cuando se dieron cuenta ya era tarde:

irremisiblemente se acercaba.

Al principio hubo varias opiniones.

No faltaron los radicales

que pretendían acabar con todo

aunque fuera tomando medidas extremadas.

Otros optaron por la indiferencia.

Los más se dividieron en comités profundos.

No obstante, se acercaba

sobre seguro paso irremediable.

Yo me puse a cantar entusiasmado.

Muchos salieron, sordos y terribles, a cerrar los caminos,

a envenenar los ríos,

a interrumpir los arcos de los puentes,

a inventarse murallas.

Los demás se quedaron cavando las trincheras,

armando barricadas,

decretando las leyes marciales más terribles.

Yo seguía cantando cada vez más alegre.

No hubo modo posible:

inútil todo:

nada le detuvo.

Cundió el pánico entonces,

cundió la indignación y el heroísmo:

algunos sucumbieron en la lucha

víctimas de cuestiones sumamente biliares

y de graves asuntos oficiosos.

Y cuando al fin llegó

la población entera dio de gritos:

la mayoría se arrancó los ojos con los codos.

Entre la confusión

muchos murieron tumultuariamente.

Los más desesperados llegaron al suicidio.

Por no hablar de los otros:

aquellos que en la tribulación atormentados

les cortaron los órganos genitales al hijo y a la hermana.

Fueron cosas tremendas.

Yo seguía cantando pleno de paz y júbilo.

Se acercó a mi guitarra.

Sonrió.

Hizo sonar las cuerdas dulcemente.

Metió una mano dentro de mi pecho

y acarició mi corazón alegre como a un perro.

Me dijo no cien veces con acento infantil.

Y se alejó con una gran sonrisa,

por sobre la catástrofe y los muertos,

por sobre los heridos y las ruinas,

por sobre la humazón y los escombros,

por sobre mi guitarra destrozada,

mi corazón colgando pecho afuera

y mi espérame espérame.

Se alejó irremediablemente en su sonrisa

hacia quién sabe dónde.

Lo peor de la tragedia

es que toda esta historia son mentiras.


SANGRE EN EL PARAISO

Total, no pasa nada:

me desangro.

Sé que mi hemoglobina derramada

es como una escupida de borracho frente a la bomba atómica:

total: no pasa nada.

Y si yo estoy enfermo,

también se han muerto de hambre muchos miles

de cientos de millares

más otros.

Y si ahora batallo para adentro,

si peleo conmigo,

Nasser y Moische Dayan se gruñen hoscamente

y eso sí que es de miedo.

Si me dan ganas de patear mi sombra,

de asesinar mi espejo,

fusilar por la espalda mi saco y mi sillón privado,

en realidad no está pasando nada:

en Vietnam piensan ya en bombas atómicas,

los gringos tienen ganas de tirarlas,

y si las tiran se acabó la cosa

para toda la gente.

Total: no pasa nada:

me desangro.

Y sólo se desangra el ciudadano

A-1 19 90 03 de la leve ciudad de Guatemala,

en donde y cuando tantos se desangran,

se desangran de veras,

por heridas legítimas,

de bala,

de no comer,

de estar pobre y enfermo y trabajando.

Total: no pasa nada:

me desangro.

Dicen los médicos que el cuerpo tiene,

más o menos, la suma de seis litros de sangre,

que si uno pierde tres,

nada,

se muere.

Total:

no pasa nada:

de veinticuatro millones quinientos mil seiscientos

ochenta y cuatro

se han derramado apenas

tres litritos:

total: no pasa nada.

No pasa nada,

no,

no pasa nada.

Me estoy diciendo que no pasa nada.


UN CRANEO EN LA SOMBRA

¿Dónde poner la cabeza?

Me dijeron:

—los pies sobre la tierra.

las alas en el viento

y las manos arriba!

¿Y la cabeza?

Se ha tejido teorías, se ha fabricado hipótesis:

—la cabeza debajo del sombrero

encima de los hombros;

al final del cogote;

detrás del mecapal;

bajo el cuchillo de la guillotina;

al encuentro de un tiro de pistola;

en medio de laureles;

bajo la lupa de un sicoanalista.

¡pero nunca en tus manos,

nunca en tu regazo,

nunca en la almohada, al lado de la tuya!

Y de no ser así

¿cómo justificarla?

ya no es bastante sólo decir:

gracias a ella existen las industria

de peines, de analgésicos, de anteojos,

libros y barberías,

los dentistas, los oculistas y los narizólogos

¡tanta gente viviendo de este redondo y complicado fruto!

Pero al final de cuentas

yo sólo estoy aquí preguntando una cosa:

si no es entre tus manos, si no es en tu regazo,

si no es sobre tu almohada, al lado de la tuya

¿dónde poner, entonces, la cabeza?

 
 
 

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