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he dado a ellos.

JUAN, 17: 8

Al tratar de encontrar una respuesta a la duda qué es la poesía, en lugar de obtener una contestación las preguntas se multiplican: ¿quiénes son los poetas?, ¿de qué están hechos los poemas?, ¿qué es el lenguaje?, ¿qué son las palabras? Lo que llamamos poesía es un entramado difícil de esclarecer, pero quizá la poesía no quiera aclararse a sí misma o tal vez allí quepan todas las revelaciones —«La poesía sólo sabe hacer preguntas y sentir miedo»: Juan Gelman—. En uno de sus aforismos, Karl Kraus afirma: «Artista es sólo aquel que puede convertir la solución en un enigma». De la misma manera, la poesía, como el artista, defiende su enigma, su incertidumbre. En «L’art romantique», Charles Baudelaire escribió: «La poesía no tiene más objeto que ella misma. Su fin no es la verdad, sino ella misma». Como dice Luis Cardoza y Aragón, «la poesía no piensa, no explica, no tiene certidumbres ni dudas, no demuestra: su carga de lucidez e inteligencia es inseparable de su condición formal. Imaginación y sensibilidad. La poesía no quiere ser. Es».

Wislawa Szymborska, en su discurso al recibir el premio Nobel de Literatura, manifestó: «El poeta, si es un poeta de verdad, tiene que repetir sin descanso ‘no sé’. En cada poema intenta dar una respuesta pero, no bien ha puesto el último punto, ya le invade la duda...». Mas esta duda no recae en el titubeo, sino en la diversidad y en el hecho de replantearse el mundo. No es que la poesía sea un acto de inseguridad, es más bien un cuestionamiento constante, una zozobra ligada al placer.

¿Qué es la poesía para los poetas? En las páginas que siguen se oirá su voz, el mayor número de voces posible, con un afán contrario a la depredadora globalización de estos tiempos, pues el deseo no es que se diluyan las individualidades, sino que se sumen. Jorge Luis Borges escribe en «Otro poema de los dones»: «Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,/ por el hecho de que el poema es inagotable/ y se confunde con la suma de las criaturas/ y no llegará jamás al último verso/ y varía según los hombres».

Concuerdo con la idea de que los hombres y mujeres están escribiendo un solo poema y que parte de su riqueza es la variedad de voces e ideas; este gran poema no origina el caos, porque todo lo recóndito es universal y los seres humanos estamos unidos por lazos secretos, por la sangre. De esta forma lo concibe René Char: «Hacer un poema es tomar posesión de un más allá nupcial que se encuentra verdaderamente en esta vida, muy ligado a ella, y no obstante próximo a las urnas de la muerte».

Así, a la pregunta qué es la poesía cada poeta tiene una visión distinta, aunque en los matices algunos coincidan. Ésta ha sido vista como una confesión, una forma de hacer música, un reclamo, una descarga, una manera de intensificar la vida, una reflexión, un diálogo con el posible lector, una recuperación de lo genuino, una joya que debe cuidarse — «ella es hecha de una alquimia de tal virtud que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio»: Miguel de Cervantes Saavedra—, un objetivo para sacudir a los otros, la esperanza de trascender, una patria inusitada, el arrojo del alma, una posibilidad de salvarse o hundirse, un sendero para redescubrir el mundo, la reivindicación del espíritu, una tregua, un testimonio, un compromiso, la entrega, el autoconocimiento; un descender hacia lo prohibido, un milagro, un mensaje inédito que se transmite en el silencio —«Los poetas son los embajadores del mundo mudo»: Francis Ponge—, un trabajo fuera de lo común, una manera de nombrar todo lo existente, «una aventura hacia lo absoluto» (Pedro Salinas), un acto de rebeldía, un vínculo con lo divino, una crónica abismal de lo cotidiano, un instrumento para atesorar la belleza, un reflejo —«una especulación, un juego de espejos en el que las palabras, puestas unas frente a otras, se reflejan unas en otras hasta lo infinito, y se recomponen en un mundo de puras imágenes donde el Poeta se adueña de los poderes escondidos del hombre y establece contacto con aquel o aquello que está más allá»: José Gorostiza—, una manera de desnudarse, un trastorno, el misterio, una obra de las musas, un desafío a todo tipo de autoridad, un don, un castigo, una condena, «la prueba concreta de la existencia del hombre», según Cardoza y Aragón.

Los poemas se construyen con el lenguaje, pero qué es éste, qué es la palabra. El lenguaje nos sorprende porque, igual que los hombres, siempre está cambiando. No es novedad decir que quien escribe se ve obligado a indagar el corazón de cada palabra; que se pregunta sobre la etimología, el sonido, las acepciones, el orden de sus letras. En la tarea poética el lenguaje sufre alteraciones y éstas pueden producirnos un sacudimiento. En su libro El arco y la lira, Octavio Paz escribió: «El lenguaje es poesía en estado natural. Cada palabra o grupo de palabras es una metáfora. Y, asimismo, es un instrumento mágico, esto es, algo susceptible de cambiarse en otra cosa y de transmutar aquello que toca: la palabra pan, tocada por la palabra sol, se vuelve efectivamente un astro; y el sol, a su vez, se vuelve un alimento luminoso. La palabra es símbolo que emite símbolos. El hombre es hombre gracias al lenguaje, gracias a la metáfora original que lo hizo ser otro y lo separó del mundo natural. El hombre es un ser que se ha creado a sí mismo al crear un lenguaje. Por la palabra, el hombre es una metáfora de sí mismo». Para Juan, el poeta del evangelio, «en el principio sólo existía la palabra y la palabra era Dios»; los creyentes comparten la idea de que en el génesis de la creación estaba el verbo, la palabra que mueve al mundo.

Una vez más nos encontramos en un terreno difícil; las palabras son entes vivos: ¿quién controla su cauce? Mas no nos interesan del todo las palabras aisladas; lo asombroso de un poema es que esa específica combinación de palabras nos transmite emociones. El lenguaje es una tradición y una forma de sentir. A menudo nos extraña que un poema nos conmueva o no; la poesía contiene, por lo menos, dos espíritus: el del poeta y el del lector; es indescifrable lo que origina el fenómeno de la emoción. Lo que sea, casi siempre ese encuentro se da en la intimidad silenciosa; la palabra revela, oculta, refuta y se coloca, para resaltar, en lo silente. La poesía reivindica el silencio que le han robado al mundo y éste es, si se permite el oxímoron, el sonido más primario de la existencia humana. El mismo silencio que reclama Rimbaud para el poema absoluto. La poesía no rechaza lo callado: la mitad de un poema es lo que no se dice. Amos Oz decía que en los momentos más decisivos de nuestra vida —al experimentar miedo o hacer el amor— no emitimos palabras sino silencio o, en todo caso, sonidos inarticulados. Ese silencio vital, ese pulso lo transmite la poesía; por esa razón es que, cuando un poema nos conmueve, no nos queda más que temblar. «El poema es como el uso del bisturí: cortar la carne que no sirve para llegar a la sonoridad del hueso, que es llegar al esqueleto, es decir, a la muerte. Tal vez el silencio sea el último destino del poeta», según Francisco Hernández.

En la poesía, el lenguaje no tiene el objetivo usual de comunicar ideas o conceptos. Cuántas veces nos han conmovido versos que no entendemos del todo, pero que tocan fibras internas que no sabíamos que existían. Para muchas personas, el encuentro con la poesía no ha sido a través de la razón; los lectores comunes —aquellos que no saben del oficio y los recursos poéticos— no se detienen a analizar; sin embargo, escogen, leen y se conmueven. La poesía transcurre en un tiempo distinto del de la vida cotidiana; su tiempo y su música no son utilitarios; por eso cuando, por ejemplo, estamos viendo una película en nuestro idioma original o en uno extranjero y algún actor lee o dice un poema, de inmediato sentimos que entramos en otra atmósfera: algo cambia, los sucesos más ordinarios se vuelven significativos, la música del texto nos arrastra por sendas novedosas. Paul Valéry decía que la prosa es un hombre que camina, paso a paso, todo el día, y la poesía es la danza. También afirmaba que «un poema vale por lo que tiene de poesía pura, es decir, de verdad extraordinaria; de perfecta adaptación en el dominio perfectamente inútil; de probabilidad aparente y que se impone en la producción de lo improbable».

En su idioma, «para el tupi-guaraní, ser y palabra, ser y lenguaje son una sola cosa. La palabra que designa ser es la misma que designa palabra. [...] Habla y alma es una sola cosa. Uno es lo que uno habla» (Kawá Werá Jecupé). Para los k’iche’, poesía es palabra miel o palabra de abeja (aqaj tzij), canto dulce. Los tojolabales dicen canto y poesía con la misma palabra. Los mayas yucatecos llaman hijas de los ojos a las lágrimas. Para los zapotecos, «el mar besa a la tierra» es la forma de llamarle a la costa. Entre los mesoamericanos la poesía es flor. Para ellos no es importante quién hace el canto, sino quién lo pronuncia, porque se presenta frente a la comunidad como encarnación simbólica de palabras divinas. Desde siempre, el ser humano, ante la incapacidad de definir, habla usando metáforas. En nuestras civilizaciones hemos maltratado las palabras y, por consiguiente, el alma; en los medios de comunicación se destruye, desvirtúa y enajena el lenguaje. El hablante es incapaz de inventar palabras —porque no es una máquina de letras, es sólo el usufructuario de ellas—, mas tiene una enorme capacidad para corromperlas, malearlas, erosionarlas, para matar el lenguaje, su legado más preciado; pero, al mismo tiempo, es capaz de hacer arte con ellas, de ordenarlas, de darles valor.

El ser humano necesita de la poesía; incluso los hombres o mujeres que rechazan toda posibilidad de acercarse a ella, alguna vez se han sentido tocados por una canción, pensamiento o palabra. Según Cioran, «aun hallándonos a mil leguas de la poesía, dependemos de ella todavía por esa súbita necesidad de aullar —último estadio del lirismo—».

La poesía está lejos de figurar en las listas de popularidad; no es rentable, no llena estadios, no sale en el omnipresente televisor del mundo; sin embargo, aquí está, perdurando.

La poesía nos ha dado identidad, historia, voz. Por medio de las mitologías hemos ordenado nuestras pasiones y sentimientos. Si bien para la poesía no hay nada corriente y común, y cada cosa adquiere la viveza de lo reciente, también nos reconocemos como el eco del primer hombre, de la primera mujer: somos Eva y Adán, Penélope y Ulises, Paris y Helena. Cada guerra es de nuevo Troya ardiendo; sufrimos con la muerte de un amigo como lo hizo Gilgamesh; padecemos el poder como en las tragedias de Shakespeare; hacemos el viaje que realizó Ulises; conocemos el infierno a través de Dante; sabemos de los designios de Dios al acercarnos a Job. También, gracias a la poesía, podemos reconocernos y nombrar dolores y alegrías.

Szsymborska dice que «la inspiración no es privilegio de los poetas o de los artistas»: todos experimentamos la exaltación o la tristeza ante lo que nos pasa, mas es muy distinto sentirlo a decirlo o a saber transmitir aquello que padecemos o disfrutamos. Al leer un poema, ese poema que el azar, la curiosidad o la suerte ha puesto en nuestras manos, sentimos que quien lo escribió nos conoce, que adivina ese específico sentimiento que vivimos. Por eso en el libro Ardiente paciencia, de Antonio Skármeta, el cartero, al usurpar un poema de Pablo Neruda para enamorar a una mujer, le argumenta al poeta que «la poesía es de quien la usa, no de quien la escribe». Sigmund Freud afirmaba que los poetas y los filósofos habían descubierto el inconsciente antes que él.

Pedro Salinas dice que «los poetas pueden definirse como los seres que saben decir mejor que nadie dónde les duele». Quizás por esa capacidad de nombrar lo profundo, a la poesía se le ha asociado con la magia, los poderes ocultos, la súbita iluminación. Pero más que eso, la poesía desciende y alcanza la interioridad y eso atemoriza al ser humano. El hombre del tiempo actual rehúye la soledad; no se conoce, no está preparado para lo que siente; se asusta de sus abismos, ignora sus sueños, sus ideas.

Sin embargo, no nos debemos olvidar de la imaginación, el otro ingrediente de la poesía. Ya hemos hablado de los sentimientos y del refulgente encuentro con un poema. No es necesario que lo escrito remita a esa bruma que llamamos realidad; el poema sale de una experiencia real, pero se transforma en otra cosa. La poesía logra darle un espacio a la libertad y allí se sitúa lo imaginativo. Lo que leemos puede, incluso, alterar nuestra fisiología y dejarnos con una sensación de incompletud, porque no sabemos a ciencia cierta qué nos pasa. El verdadero arte es el que nos deja soñando, el que resuena mucho tiempo después del primer hallazgo; éste se prolonga en la medida que nosotros no resolvemos el acertijo, que no se aclara, pues hay tantos significados como transformaciones en un lector. Gaston Bachelard considera que «La imaginación es, sobre todo, un tipo de movilidad espiritual, el tipo de la movilidad espiritual más grande, más vivaz, más viva». Por su parte, Constantino Cavafis poetiza: «Nunca verás los lestrigones, los cíclopes o a Poseidón/ si de ti no provienen,/ si tu alma no los imagina».

La imaginación, para lograr esa vivacidad, requiere de las experiencias y del conocimiento que quizás ya están en el poeta. Borges decía que al escribir tenía la sensación de que ese algo ya prexistía: «No tengo la sensación de inventar, no tengo la sensación de que dependa de mi arbitrio; las cosas son así, pero están escondidas y mi deber de poeta es encontrarlas».

Con frecuencia lo que nos atrae de los poemas es su originalidad, una palabra difícil de emplear en tiempos en que el exceso de información nos ha hecho perder el asombro; mas la importancia de lo original puede sacudir más de lo que pensamos. Según Bachelard, «el pensamiento, al expresarse en una imagen nueva, se enriquece enriqueciendo la lengua. El ser se hace palabra».

La poesía nos invita a recorrer caminos desconocidos, compone otra realidad que nos causa emociones verdaderas. Muchas de las vanguardias en la literatura han surgido por la necesidad de lo original, de renovar. Aunque «para el poeta todas las épocas y todos los lugares son sólo uno, la materia que emplea es eterna y eternamente la misma: ningún tema es inepto, ningún pasado o presente es preferible. El silbido del vapor no le asustará, así como tampoco le aburrirán las flautas de la Arcadia: para él no hay más que una época, el momento artístico; que una ley, la ley de la forma; que un país, el país de la belleza, país, en realidad, alejado del mundo real y, sin embargo, más cuerdo por ser paciente; que una serenidad, esa serenidad que descansa sobre los rostros de las estatuas griegas, la serenidad que no proviene de la repulsa, sino de la absorción de la pasión, la serenidad que la desesperación y la tristeza no pueden turbar, sino únicamente intensificar. Y así es como sucede que aquel que parece más alejado de su siglo es quien mejor lo refleja, porque ha despojado a la vida de cuanto es accidental y transitorio», según Óscar Wilde. Sobre esto abunda Cesare Pavese: «Los argumentos doctrinales y técnicos —sean del consenso de colegas competentes, de lectores bien intencionados o de los padres más reverenciados— sólo logran alejar al poeta de la literatura, y le impiden desempeñar su tarea que consiste en descubrir territorios desconocidos. La sujeción ideológica ejercida sobre el acto de la poesía transforma, de buenas a primeras, a los leopardos y a las águilas en cocodrilos y perros falderos. En otras palabras: instala la Arcadia».

Alcanzar lo nuevo requiere de una observación poliédrica y de la aprehensión del vasto vocabulario. La imaginación es ardua; no surge, como muchos nos quieren hacer creer, de la nada. El poeta se interna en la entraña de cada cosa, de cada pequeñez: sabe los nombres de los árboles, las flores, los peces; conoce los ciclos de un jardín; conoce, y no se limita a nombrar, la superficie rugosa del tronco; palpa, huele, prueba, escucha, ve. Sólo a través de lo que conoce es capaz de poetizar. Por esta razón, cuando leemos, por ejemplo, este verso de Ramón López Velarde: «el relámpago verde de los loros», sentimos frescura, incluso divertimiento. Se nos viene, casi como una navaja, la dominante sensación del color. Pasa lo mismo con el sonido que se oye al recordar el último verso de uno de los primeros poemas de la tradición oral china del cual se tiene memoria: Un pastor está lejos de la mujer que ama; se encuentra solo bajo el frío de la noche, cuidando su rebaño; piensa que en ese momento su mujer está en la casa, al lado del fuego, cosiendo y «él escucha el sonido de sus tijeras bajo la noche profunda».

La imaginación que nos da un poema puede ser tan perturbadora que llega a alterar todos nuestros sentidos y no sabemos cómo definirla. Huidobro decía que el poema «crea situaciones extraordinarias que jamás podrán existir en el mundo objetivo, por lo que habrán de existir en el poema para que existan en alguna parte. Un poeta debe decir aquellas cosas que nunca se dirían sin él». Roberto Juarroz piensa que «la única manera de recibir una creación es crearla de nuevo; tal vez, crearse con ella».

La imaginación nace de lo concreto; los grandes conceptos están bien así como son. Si bien el poeta trabaja con lo abstracto, al metaforizar necesita de los elementos de todos los días. El poema no se detiene en la referencia ni en la anécdota. Las imágenes, cuando son acertadas, rebasan, incluso, la sorpresa inicial y se incrustan en una zona más significativa de nuestro interior. Se unen a la vida igual que otros acontecimientos íntimos y permanecen en nuestro espíritu de la misma forma que el amor o la muerte. Ya nos pertenecen para siempre.

En el mundo confuso en que vivimos —en el que «los bárbaros que nos rodean destrozan nuestras mejores fuerzas antes de que puedan aspirar a un hacer creativo», según Hölderlin— se nos dificulta distinguir a los poetas de los que no lo son. Parece algo increíble, pero entre más desconcierto hay en las sociedades más necesidad se tiene de la palabra y surgen poetas por todos lados. Parte de esta necesidad es el afán de no perderse entre las masas y, muchas veces, de alcanzar los ya famosos quince minutos de gloria de los que hablaba Andy Warhol. Por fortuna, en poesía no hay quien tenga la última palabra y determine quién es poeta y quién no. Estamos, una vez más, en los dominios de la subjetividad. Al poeta se le coloca en sitios peligrosos: o se le sacraliza como un elegido intocable o se le desprecia y se le intenta anular. No sabemos quién es el poeta porque, además de ser un artista, es un ser humano y puede ser mejor o peor que su obra. Emilio Adolfo Westphalen fue esclarecedor al respecto: «Fueron y son muy pocos los autores a quienes no quede holgado el nombre de poeta. No es suficiente haber escrito algunos o muchos poemas (incluso excelentes), hay que considerar —además de la obra— el género de vida que llevaron. El poeta digno de ser así llamado es el que está siempre al atisbo del misterio (porque el misterio es cotidiano), dedicado a acechar y a rastrear la huraña corriente poética. Por ello asumen una actitud vital diferente —adquieren ademanes, costumbres, reacciones—, se hacen de una idiosincracia que los aparta de los demás mortales (sin que ellos mismos se den cuenta) y los vuelve inconfundibles en el trato diario doméstico». Para algunos, el poeta es un revelador, un ser que dice verdades y por eso se merece que lo tengan a distancia. El poeta es una conducta moral, sentenció Miguel Ángel Asturias. «Si el poeta fuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos; la pluma es la lengua del alma», afirmó, hace más de quinientos años, De Cervantes Saavedra.

Con frecuencia, a los poetas se les asocia con la lumbre y con el acto de arder. Rimbaud decía que el poeta es un ladrón de fuego. Dylan Thomas consideraba que para que se diera el milagro de la poesía había que hacer mucho trabajo ardiente. Y la verdad mágica de los milagros es que a veces se producen, según Chesterton. Blaise Cendrars, en L’homme foudroyé, de 1945, concebía el renacimiento entre las cenizas, reiterando el mito del ave Fénix, gracias al arte: «Me incendié en la soledad, porque escribir es consumirse... La escritura es un incendio que abrasa a un gran torbellino de ideas y que hace relumbrar a las asociaciones de imágenes antes de reducirlas a brasas crepitantes y en cenizas que vuelven a caer... Porque escribir es quemarse vivo, pero es también volver a nacer de esas cenizas». De modo similar, Pierre Reverdy escribe: «La Poesía es a la vida como el fuego a la madera: emana de ella y la transforma. Durante un momento, un breve momento, engalana la vida con toda la magia de las combustiones y las incandescencias. La Poesía es la forma más ardiente y más imprecisa de la vida. Después, ceniza». Efraín Bartolomé lo poetiza en un dístico: «He aquí que soy poeta/ y mi oficio es arder». En el mismo sentido flamígero, Humberto Ak’abal, de acuerdo con la teoría de la recepción, escribe: «La poesía es fuego,/ quema dentro de uno/ y dentro del otro./ Si no, será cualquier cosa,/ no poesía». Una cosa es evidente: sólo el ser humano es capaz de producir fuego, de escribir poesía.

Lo cierto es que muchos poetas se asumen como seres distintos de los demás: no mejores o peores. En el poema de Edgar Allan Poe que aparece en este libro, él escribe: «Desde la infancia no he sido como eran otros». En constantes ocasiones, el poeta no toma su condición como una dicha o un don sino como una condena; mas la condena no se refiere de modo específico a la escritura, al oficio, a la experiencia directa con las palabras; se refiere, más bien, al hecho de tocar fondo. Augusto Monterroso no lo ve así; según él, “debería desterrarse a todo artista que tome su arte como una tragedia. Tal vez uno tenga derecho a quejarse de la vida, pero no de su oficio. Y menos del de escribir”. No piensa lo mismo Pavese: «La vida se venga —y está bien— si uno le roba el oficio». José Emilio Pacheco lo dice de otra manera, refiriéndose a quienes escriben poesía: «Precio que algunos hombres pagan por no saber vivir».

Lo que desconcierta a las sociedades es el hecho de que no pueden aprehender al poeta; lo pueden encarcelar, ignorar, desterrar, matar, pero con esas decisiones no lo anulan, no lo callan, no lo compran. La extrañeza que causa el artista es que no tiene un título que lo apruebe, ni hay academias que garanticen el toque mágico; ya se sabe que el poeta es por aclamación, mas esa aclamación puede tardar en llegar quinientos años o puede ser ofrecida por algunos lectores en la intimidad de un salón. Al respecto, Robert Graves señala: «Aunque se le reconoce como una profesión culta, [la poesía] es la única para cuyo estudio no existen academias y en la que no hay un patrón, por tosco que sea, con el que se pueda medir la pericia técnica».

El poeta no es sólo el amanuense, el escriba; puede llegar a ser la voz, la conciencia de muchos, pero, por supuesto, sin que él se lo proponga. De igual modo, como afirma Ezra Pound, «es importante que se escriba gran poesía, pero no importa en absoluto quién la escriba»; el poeta, al ser la voz de su comunidad, vuelve anónima su voz: es la poesía lo que le importa, no el derecho de autor o la retribución pecuniaria, menos la obtención de premios, becas a perpetuidad o manutenciones estatales. No obstante, «nadie puede exigirle al poeta que sea noble, elevado, moral, piadoso y cristiano, porque él es el espejo de la humanidad y presenta a ésta la imagen clara y fiel de lo que es» (Arthur Schopenhauer).

Otra característica que le imponen al poeta es la locura. A menudo, se le tacha de loco, vicioso, incoherente. Esta característica no es una ley. Volvemos a la diversidad: si ser diferente es ser loco, todos los que cuestionan a los sistemas estarían en hospitales psiquiátricos. Hay poetas que fueron a dar al manicomio —no por la causa poética— y hay poetas que vivieron una vida ordinaria, es decir, tuvieron una casa, una familia y ni siquiera realizaron muchos viajes. Emily Dickinson, La Monja de Amherst, vivió encerrada en la mansión familiar donde nació, desde los veintiséis hasta los cincuenta y seis años, edad en que murió, escribiendo intensos poemas a partir no de su experiencia en el mundo sino de sus carencias; para escribir sólo necesitó el silencio de una casa y una ventana que daba al jardín. Juana Inés de la Cruz, La Monja de Nepantla, sola, en una celda monástica, trabajando en causas filantrópicas y atendiendo a su familia, logró hacer poemas universales.

El arte se presta a que se haga mito de quienes lo hacen. Es verdad que hay existencias extraordinarias que superan toda leyenda, pero también es cierto que lo insólito no es patrimonio de la vida de los artistas. Escribe José Saramago en El equipaje del viajero: «Al poeta se le llama El-que-habla-solo, porque se creía que la poesía es una forma de locura no siempre mansa y porque algunos abusaban del privilegio de hablar alto con la luna o de lanzarse a soliloquios hasta cuando estaban en compañía». Según Platón, «todo aquel que se atreve a escribir poesía sin estar poseído por el delirio que este arte exige, creyendo que puede ser poeta tan sólo por escribir de acuerdo con determinados recursos técnicos, estará muy lejos de ser un verdadero poeta. Pues la poesía de los letrados siempre será eclipsada por aquella que destila locura divina».

Inclusive ahora, al poeta se le ve con cierto recelo, quizás porque es un ser que ejerce su libertad. Mas el poeta, aun con el conocimiento y el oficio, como cualquier otro ser, no tiene garantizados el éxito, los lectores, la posteridad. Hay poetas que reciben la gloria en vida y son olvidados de inmediato y hay quienes son reconocidos después de muchos años de su muerte o no son reconocidos nunca. Lo que sea, el trabajo del poeta se ve recompensado con la experiencia de la escritura. Hay quienes, también, rehúyen del reconocimiento oficial, como Malcolm Lowry, quien, al conocer la fama, escribió un poema cuyo verso inicial es éste: «El éxito es como un horrible desastre».

Todo artista reflexiona sobre su oficio. Muchas cosas se han dicho sobre la escritura. Según Aristóteles, se podía alcanzar lo divino a través de un trabajo y un conocimiento sin tregua ni descanso. Ningún poeta verdadero rechaza la técnica y el estudio, pero todos sabemos que eso no basta para lograr que la emoción perdure en el poema. Salvador Díaz Mirón postulaba que la poesía era una «pugna sagrada con tres heroísmos en conjunción: pensamiento, sentimiento y expresión».

Si la poesía causa tanta atracción es porque captura lo vivo, pero, ¿eso depende del poeta? Para la mayoría de los que escriben, esto es un ámbito complicado de explicar. Para Marguerite Duras: “Escribir es lo desconocido. [...] Si se supiera algo de lo que se va escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena». Por su parte, John Ruskin cree que «al poeta altamente creativo puede concebírsele, en gran medida, como un ser impasible, captando en realidad todos los sentimientos en su total integridad, pero poseyendo un gran centro de reflexión y conocimiento».

Los poetas defienden su zona oscura, sus materiales de trabajo son otros; para ellos cada cosa adquiere importancia: toman para sus poemas las sensaciones, los sueños, las caminatas, los hallazgos de la infaltable observación. Según Rilke, «Para escribir un solo verso hay que haber visto muchas ciudades, hombres y cosas, hay que conocer los animales, sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las florecillas por la mañana». Hay que trascender la existencia, vivir, para palpar las cosas que pasan en ella.

Para los poetas no hay temas buenos o malos, su ambición primordial es renombrar el mundo y esto significa que tendrán trabajo para toda la vida. Sobre esto, Emerson plantea que «el poeta es el único sabio verdadero; sólo él nos habla de cosas nuevas, pues sólo él estuvo presente en las manifestaciones íntimas de las cosas que describe. Es un contemplador de ideas; anuncia las cosas que existen de toda necesidad, como las cosas eventuales. Pues aquí no hablo de los hombres que tienen talento poético o que tienen cierta destreza para ordenar las rimas, sino del verdadero poeta». En uno de sus aforismos, Cioran sentencia: «El valor intrínseco de un libro no depende de la importancia del tema (si no, los teológicos serían los más importantes), sino de la forma de abordar lo accidental y lo insignificante, de dominar lo ínfimo. Lo esencial no ha necesitado nunca del menor talento». Jean Franco piensa que la referencia más importante para encontrar respuestas más complejas a los grandes asuntos sociológicos es la poesía. Al respecto, Max Jacob, en su Art poétique, de 1922, precisa: «El tema no tiene importancia y tampoco lo pintoresco. No se preocupa uno más que por el poema mismo, es decir, por la concordancia de las palabras, de las imágenes y de su llamado mutuo y constante». En 1919, Jean Cocteau creaba esta hipérbole: «El poeta asocia, disocia, voltea las sílabas del mundo». Para Percy Bysshe Shelley, «los poetas son los hierofantes de una inspiración que no es posible aprehender; los espejos de las gigantescas sombras que el futuro proyecta sobre el presente; las palabras que expresan lo que ellos no comprenden; las trompetas que impulsan a la batalla, y que no sienten aquello que inspiran; la influencia que, sin ser movida, impele. Los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo».

Algunos poetas afirman que escuchan sus poemas, que sienten como si alguien les dictara lo que escriben; otros dicen que en momentos inesperados sienten la necesidad de escribir y lo hacen en servilletas, periódicos o envolturas y hasta en las manos y brazos. Otros invocan a la musa desde sus máquinas de escribir o desde el insomnio acechante. El poeta ve lo invisible; es un nictálope. La mayoría coincide en la indefinición de su tarea. Pueden escribir tratados, consejos, procedimientos, mas el instante exacto de la escritura es indescriptible. A Poe aún se le sigue cuestionando la detallada explicación que da sobre la escritura del poema «El cuervo» en La filosofía de la composición. Una cosa es irrefutable: nadie escribe sobre algo que no siente. Paul Klee dijo en 1925, refiriéndose al papel del autor en la elaboración de una obra de arte, que a él le fue dado «recoger lo que sube de las profundidades y transportarlo más allá; [el artista] no es ni servidor sumiso ni amo absoluto sino simple intermediario. El artista ocupa un lugar muy modesto. No reivindica la belleza del ramaje; ésta no ha hecho sino pasar a través suyo». Ovidio lo percibe así: «Un dios habita en nosotros; cuando él se agita, llénase de ardor nuestro espíritu. Este impulso es el que hace germinar las semillas de la celeste inspiración».

Lo que sabemos de cierto es que no hay fórmulas para escribir y cada poeta tiene una historia singular. En la antigüedad, a los poetas se les imponían las rimas y los temas; en el siglo XX, a través de las vanguardias, se promovieron otras formas de enfrentar la poesía: los futuristas alabaron la velocidad, los surrealistas divulgaron la escritura automática, los imaginistas se proclamaron en favor de retos específicos en el oficio. Ahora, para los poetas jóvenes, es difícil asimilar lo que la vasta producción poética ha enseñado. Hoy el joven, por eficaz o torpe que sea, se impone la misma tarea que se impuso Homero (o la voz colectiva llamada Homero) y trabaja para que el milagro suceda. Borges dijo alguna vez: «Si la inspiración existe, a mí siempre me encuentra trabajando». Ser poeta no es obra de la casualidad, aunque la mayoría concuerda en que, además del trabajo, ya se nace poeta. Ya De Cervantes Saavedra lo había escrito en el Quijote: «El poeta nace: quiere decir que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta, y con aquella inclinación que le dio el cielo; sin más estudio ni artificio, compone cosas: est Deus in nobis».  
CL
Autor: Carlos López


Almendranada, de Carlos López imprimir | correo
EL TRAZO DE UNA MARIPOSA

Hizo tres ejercicios
de disolución de sí mismo
y al cuarto quedó sólo
con la mirada fija en la respuesta
que nadie pudo darle.

JOSÉ ÁNGEL VALENTE

Hay poemas que llegan a nuestras manos como si vinieran dentro de una caja de sorpresas. Una vez que la mirada comienza a recorrer los signos impresos en el papel, surge el deseo por sacar a la superficie lo que yace en el fondo, lo que apenas se asoma en los resquicios de las palabras, lo que es mera intuición ante el mundo que el poeta proyecta en su creación.
Al reflexionar acerca de la poesía, Rabindranath Tagore la compara con el impulso primario de la vida, con el estrecho vínculo por el que los seres se descubren a sí mismos, aun cuando no sepan lo que es. Ante ese misterio que no tiene fin, que no se agota por analizarlo ni se puede medir, basta exclamar: «aquí está».
Es verdad que el hallazgo del poema «Almendranada», de Carlos López, basta para sorprender, pero la curiosidad incita a querer adivinar qué se oculta detrás de ese título que fusiona dos términos irreconciliables, tras el choque que produce la unión de una imagen concreta con el concepto abstracto de la negación, del vacío absoluto.
Frente al riesgo de interpretar, siempre cabe la duda; la razón quiere encontrar la homogeneidad, los porqués, los principios que satisfagan todas las preguntas que se suscitan bajo el riguroso escrutinio de la lectura. De manera simultánea, la expresión emotiva del poema toca fibras íntimas, la fuerza de sus imágenes despierta la imaginación, los sentidos reaccionan y, en ese acto receptivo, emergen significados.
¿Cómo conciliar en el centro esa dualidad que, similar al movimiento pendular, va de un extremo al otro? ¿Cómo aprehender la emoción que excede a la cantidad que puede absorberse? ¿Cómo no percatarse del rigor en los rasgos que dan forma, consistencia y ritmo al poema?
Cierto es que ningún lector de «Almendranada» pasará por alto su esmerada forma, su estructura movible que contiene 294 versos decasílabos en los que se entreteje una trama que no tiene inicio ni fin. Los fragmentos que selecciona la memoria del poeta para verterlos en la realidad del presente se adaptan a una lectura de poemas independientes que, en segmentos de 14 versos, van reconstruyendo el tiempo inabarcable del recuerdo. Al igual que el poeta, nos sumergimos en el pasado para presenciar momentos, sensaciones, evocaciones sucesivas que transforman la linealidad de los instantes en círculos que se disuelven y se reúnen en un todo de imposible permanencia.
El poema gira, cambia, los vocablos activan su movimiento, la experiencia sensorial reproduce imágenes; una a una se acoplan a los sonidos que emanan de lo profundo de cada letra, de cada novena sílaba de voces graves, sostenidas en el aliento incesante de cadenciosos compases. En ese concierto de sintaxis, se oyen cantos de añoranzas, de nostalgias interminables, de cuestionamientos vitales.
Escuchar el verso, decía Ezra Pound, es percibir la música que duerme en la palabra, que debe siempre existir para que haya poesía. Si bien «Almendranada» es enjambre de texturas verbales, visibles, audibles, cuidadosamente recubiertas en su envoltura formal, el contorno se desdibuja, se difumina hacia espacios imaginarios, poblados de símbolos que aguardan ser descifrados.
El diálogo está abierto, nos convoca al tono reflexivo de una escritura íntima, huella imborrable de sucesos, forma tangible de vivencias huidizas, fuga silenciosa que da nombre a hondos enigmas, materia que nos aproxima hacia universos desconocidos.
Si interpretar implica que la propia experiencia medie entre la percepción de la lectura y la habilidad para comunicar su resultado, no es por fuerza el único aspecto ni el más importante. Las palabras tienen vida propia, relaciones fundamentales con lo que las rodea. Una imagen vaga, un concepto, una idea que se aloja en la oscuridad de la memoria encuentra un día claridad para transformarse en un poema, para transmitir a otros esa experiencia. El poeta genuino, advierte T.S. Eliot, está oprimido por una carga que debe dar a luz para sentirse aliviado; el poema que compone es una especie de exorcismo contra el demonio. Por ello, mueve en otros sentimientos que no han experimentado nunca y revela lo que otros sienten, pero no pueden definirlo porque carecen de palabras.
El llamado de atención se cumple en «Almendranada»: Carlos López retrata su mundo íntimo, pero nos abre una rendija por la que escuchamos secretos que hasta entonces ignorábamos, atisbamos rostros que pensábamos olvidados, reconocemos viejos dilemas enterrados en recónditas profundidades.
La potencia evocadora de una mariposa al inicio del poema será el vuelo que nos impulsa hasta fundirnos en una identidad compartida. Ella nos lleva a posarnos entre los libros del poeta. En las páginas inertes de los textos, se incuban gérmenes del ser, la experiencia del poeta se nutre de vida, asistimos a la génesis que forja su esencia poética: espejos de letras en los que se reflejan todas las historias; semilla que transmuta en una cosecha de imágenes de frutos milagrosos, útero que abriga el misterio de su origen, ritual que se cumple en el fecundo renacer de cada primavera, espera que se prolonga en la nada.
Estrella Asse




En la mariposa de alas negras
que posó en la esquina del cielo
de mi habitación, entre mis libros,
se tejió la figura con polen
de Sol. De lejanas tierras vino
el espíritu a visitar sueños
mortificados por las ausencias.

Al cielo la luz reverberando,
en laberintos hechos de espejos
presagios de tormentas traía.
Ella mediaba entre delirantes
obsesiones, sistemas, honduras,
desplazaba ignotos territorios
en el absurdo juego Dios-hombre.

Cuando enmudecí en tu cuerpo
calló mi conciencia aprehensiva:
todo quedó más o menos claro
al beber el cáliz desangrado
que ofrecían tus cicatrices negras
oscilantes entre placer, miedo,
relámpagos vesperales, olas.

No tuviste freno de tus partes
ni beso que sobrara en mis ojos:
tu verde lo sorbí en mi brebaje,
apenas amanecido rojo,
entre naranjales y rocíos
del verde mojado de mis pasos
en la clara vereda de Venus.

Tomo del atril el mejor texto
para desleer en tus abismos
la bancarrota de mis deseos.
Deshojo las horas que no pasan,
del tiempo en tu piel aprehendido;
cara que apenas intuyo, zarpo
en el viento fuerte que me arrastra.

A la hora de recibir tu cetro
amortajado, señal errante,
tu péndulo, camino cruzado,
silencioso grita: callo, veo.
Oigo el rumor de tus desahogos
rasgando mis ríos, venas. Mudos
testigos, nuestros sentidos oran.

No todo es amor. Las cosas pasan
por el tremor de la carne. Otro
teje sueños en noches insomnes.
Yo tomo el cáliz amargo, ofrenda
extraviada en infinitos nombres.
Abro mi piel y no te hallo, sólo
rumores de sangre, ecos ausentes.

De la puerta recojo palabras
desprendidas de la madrugada,
solo vuelvo a la diaria agonía,
a la ausencia, relámpago diurno
que quiebra el espíritu, deshebra
el aire; los pequeños sonidos
traen tu voz, tu palidez, tu sombra.

Perdí la razón: se nubló el tiempo.
Busqué refugio desesperado;
nos cobijó una veta de estrellas
que vi caer sin fin, inasibles,
mientras la oscuridad nos poseía.
Enhebro ayeres con luces ámbar
hasta que el enebro me obnubila.

Las agujas del diablo aletean
su impaciencia en la cuerda floja;
el reloj marca lentos infiernos,
se dilatan otras oquedades
tras la dura neblina en los ojos.
Pierdo los caminos aprendidos;
agujas de luz son los recuerdos.

Derrumbo mis sentidos ahítos,
mis razones diluyen tu imagen
entre palabras aprehendidas,
espirales de viento enredado,
caracola embrujada con notas,
raíz de todas las voces, eco
de vocales desarticuladas.

Dame tu amoroso odio, el veneno;
intoxica la grave sintaxis
de mi sangre, clorofila
desbocada, incontinente,
que busca sueños yacentes bajo
la piel del oro, imagen, espejo
del agua que dispersó el otoño.

Ahora no significa nada.
Desde el origen del tiempo nimba
en el amanecer de alfabetos
el numen memorioso, tu nombre,
sangrante universo del inicio.
El corazón de la noche pauta
ritmos, agujas con luna nueva.

Desgarro milímetros de ausencias,
tomo medidas entre tu espacio
y el mío. Como de tu pan dulce,
bebo fuego nuevo en el hornillo
de tu sexo. De ti me alimento
lamiendo dolores de mi sangre,
ahogándome en tu interior lascivo.

La mariposa negra aparece,
sola, en la cerrada noche. Vela
oníricos deseos, dolientes
carnes; trepana recuerdos, ansias,
vigías sinfín, vacíos tiempos
en que no se espera nada, a nadie.
La luz rompe la mortaja diaria.

Tarda, pero siempre acude. Grave
metáfora de la vida, avisa
muerte, que es del ser la otra figura.
Despliega sus alas en la puerta,
reposa del viaje la fatiga,
coge llantos, dolores, adioses,
y, sin destino, a la nada parte.

Velo tu cuerpo que sueña cimas;
estampado con deseos, cantos,
amoratado, lleno de esencias,
copa, deshora la madrugada.
Derramo mi alforja llena de lunas,
mis ojos abiertos que ya no miran
sino oquedades, resquicios, simas.

Llené mis ojos con luz del día
para besarte toda en la noche
con la mirada que alumbra entre
los poros de tu piel, haz de gato
alumbrando tus profundidades.
Descubro, entre saltos y silencios,
trazos que interrogan los senderos.

Destapé el baúl, saqué las cartas;
puse las letras de los afectos
sobre el pedazo del tiempo, vida
que huye en recuerdos, sueños, misterios;
claves que no abren soles encierran
pasiones ocultas, susurradas
apenas sobre la piel en blanco.

Deseo somos, pasiones, sueños.
No más que letras, somos sonidos.
Abro las vocales que me dieron
nombre entre murmullos que agonizan
en los atardeceres, en luces
negras que, enfebrecidas, mudaron
hasta la forma de iluminarnos.

Al final de nuestro andar, palabras,
siempre en el principio. Balbuceantes
metáforas, claves heredadas,
símbolos, imágenes, enigmas
se van, se olvidan cuando la muerte
arrebata los recuerdos, sólo
deja monosílabos, deletreos.

Nuestra sangre, hechura de alfabetos,
ahoga sueños que navegaron
el universo, todas las sangres;
lenguas, historias, leyendas, luchas
contra espíritus, dioses, demonios
cabalgan sobre caos, rupturas.
El mundo se reordena en la muerte.

La tarde tragada por la noche
bifurca sombras que fueron luces,
aumenta los laberintos. Pasos
que no tocan el suelo se escuchan
sobre la piel del viento, rozan
las soledades de la otra orilla
inmersa en el fondo de la hoguera.
  
Quema el recuerdo, quema el estado
de amor, quema la tarde, la ausencia.
Todo debe arder para inventarnos
de nuevo en el cuerpo consumido
en el crepúsculo por la espera.
Todo debe quemarse en la tarde
para que la noche llegue sola.

Limpia la noche un viento, tornado
que nadie ve, que solo oigo; barre
caminos, deshoja la presencia
del Creador en la Tierra; presente
y pasado dialogan, conjugan
ecos de tormentas; la locura
de los árboles contagia al cielo.

Las nubes pasan, cargan el polen
negro de las altas horas; cierran
las esquinas de luz de la luna,
orugas que ventean en el cosmos.
Lentas, las horas reviven ideas,
imágenes; graban los instantes;
mácula del tiempo, su existencia.

Copas en llamas de árboles negros
quemados por relámpagos diurnos
alumbran la cresta de los tumbos
de la creciente brava del río,
gusano de luz que se desliza
bajo el manto de estrellas que caen,
rebosante de peces de fuego.

Las luces de la noche transporta
el río. Ni un nauta lo navega.
Sólo presencias lo orientan. Aguas
en las que se bañan solitarias
ánimas, seres nocturnos; sombras
que bajan a llenar sus atarrayas
destilan lágrimas, chispas, vidrios.

Fuego azul nace en el centro, origen
de la luz, irrupción de la vida.
Luz somos, de la luz provenimos.
Muertos, se cierran los ojos, luces
que acarrearon un trecho de tiempo.
Sale el relámpago al final, lleva
de vuelta al origen la energía.

Por la cabeza se va la fuerza,
por la fuente de luz se disipa
el infinito, todo lo creado.
Criaturas de la nada, a la nada
volvemos; al fuego eterno, inicio
del otro que nunca nos fue dado.
En el caos, el olvido es destino.

Ritmo y ripio raptan los reptiles
al oír el río riendo; reptan
al tronar de los rastrojos, rompen
ramas rimeros de los escombros.
Redes remendadas por remeros
reverberan lo atrapado, raros
peces arponeados, masacrados.

Dolorosos versos, abalorios;
cobre, bronce, herrumbre, retorcidas
figuras, metáforas rasgadas;
al derrochar palabras se abruma
la forma; se construyen derruidas
moradas, cárceles para el verbo,
en lugar de palabras libertas.

Setenta veces siete es el mismo
número de sílabas paradas
en un pedestal. Siempre es adverbio,
adjetivo, sustantivo, tiempo.
Infinitas veces se perdona.
Diario se recoge la cosecha.
El mismo camino recorremos.

El ocho es una mujer dormida,
oxímoron viendo el infinito,
el Oriente frente al Occidente.
Mares de luz que mudan su forma
con el soplo divino. Celestes
noches sin oscuridad. Historias
que cuentan la inmensidad del canto.

Repetición que no es igual nunca;
fin del principio, el mar; las olas
son eco, ritmo de las historias
que creamos para reinventarnos
en el no-tiempo, con las mentiras
de la eternidad, la permanencia
que aspiramos para consagrarnos.

Desnudos frente a la verdad, todos
humildes ante tronos, poderes
que esclavizan nuestro pensamiento;
arrostran la vergüenza con sangre
de nuestro río falsos hermanos.
El numen del universo regla
mareas, caudales, clorofilas.

Dios creó la destrucción creando
al hombre, que no para en su empresa
de conquistar todos los espacios,
tiempos, movimientos; que edifica
paraísos encima de infiernos,
basureros bajo la ignominia,
enclaves, imperios, vasallajes.

Su criatura, imperfecta, inexacta,
se impone todos los adjetivos
en la mente; se ufana, arrogante,
de sus medallas, trofeos, marcas;
el pecho condecora con cruces;
el fracaso de los otros goza;
lágrimas de dolor son su trono.

Se pasteurizan conciencias, dioses;
se industrializa el sexo, la alegre
mentira; se fabrican tormentas,
pestes; en centros asistenciales
se empeñan sentimientos descalzos,
promesas rotas, locos futuros
instalados en el pasado.

Fragmentos de espejos cortan vientos
de la desolación reflejada
en la luna morena de octubre.
Del caos sólo quedan vestigios.
Alumbrando para atrás camino
dando tumbos en el laberinto,
en el desconcierto de los mundos.

Los sueños que me quitan el sueño
nada tienen que ver con su insomnio.
Mis fantasmas cruzan tiempos, alas
de infinitud reman en la Vía
Láctea, que explota en arcoiris; piedras
que guardan la memoria de mundos
echan lumbre, alumbran mis senderos.

Los huesos de mis ancestros gritan
con su caligrafía trazada
con signos de interrogación, magia.
En el centro hay polen, mariposas,
guías de flores que indagan, reptan
sobre el origen de la creación,
del empalabramiento del mundo.

Autor: Carlos López


Biografía Carlos López imprimir | correo
Carlos López (Pajapita, San Marcos, Guatemala, 24 de febrero, 1954) obtuvo los títulos de maestro de educación primaria urbana en el Instituto Normal Mixto Rafael Aqueche (INMRA), de licenciado en lengua y literaturas hispánicas y en estudios latinoamericanos, y el grado de maestro en letras (literatura iberoamericana) en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Estudió las licenciaturas de derecho y de ciencia política en la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) e historia en la UNAM. Es autor de los libros de ensayos Diccionario biobibliográfico de literatos guatemaltecos (1993), Redacción en movimiento. Herramientas para el cultivo de la palabra (1ª ed., 2003; 2ª ed., 2003; 3ª ed., 2004; 4ª ed., 2006), Voses de Guatemala (2005), Helarte de la errata (1ª ed., 2005; 2ª ed., 2007); del libro de calambures Uso de los anteojos para todo género de vistas (1996); de los libros de palíndromos Aten al planeta (2007), Naves se van (2003) y La roca coral (2002); de las antologías Los siete pecados capitales: la lujuria (2008), Decálogos, mandamientos, credos, consejos y preceptos para oficiantes de la escritura (2006), Los poemas de la poesía (t. I, 2001; t. II, 2003), Poética de Carlos Illescas (2001) y Arder sobre la hoja. Poética de Humberto Ak’abal (2000); de las plaquettes de poesía Relámpago nocturno (1999) y Vado ancho (1998), y de ensayo Tito, biografía mínima (2003); de los libros de poemas Bellotas de agua (2000) y Fuego azul (1997). También, es coautor de varios libros y parte de su trabajo se  recoge en diversas antologías. Publica en diarios y revistas de Europa y América. Ha sido invitado a participar en encuentros y festivales de literatura en la República Mexicana y en el extranjero; además, en repetidas ocasiones formó parte de jurados en diversos certámenes. Impartió talleres de redacción, poesía, novela, cuento, dramaturgia, creación literaria y edición en los mejores centros educativos de Guatemala y México; su labor docente abarca todos los grados escolares durante 35 años ininterrumpidos. En 1981, fundó Editorial Praxis -que desde entonces dirige-, donde lleva editados más de 600 títulos de autores nacionales y extranjeros. Ha cuidado la edición de más de 5 mil libros, tesis, revistas, folletos y asesorado tesis de licenciatura, maestría y doctorado. En México, patrocinó la exposición pictórica de más de cien artistas de diversas partes del mundo y ha participado
en más de 700 presentaciones de libros. A lo largo de su trayectoria, ha recibido críticas favorables de Héctor Carreto, María Cruz, Juan Domingo Argüelles, Otto-Raúl González, Rogelio Guedea, Gerardo Guinea Diez, Carlos Illescas, Hernán Lavín Cerda, Luis Montes de Oca, Francisco Alejandro Méndez, Adolfo Méndez Vides, Armando Pereira, José Luis Perdomo Orellana, Silvia Pratt, Juan Antonio Rosado Zacarías, Eusebio Ruvalcaba, Gloria Vergara y otros escritores y especialistas, quienes las publicaron en El Financiero, La Jornada, El Universal, Excelsior, La Hora, Magna Terra, Siempre!, entre otras publicaciones. En la actualidad, escribe las columnas «Interior Cero, Cero, Cero» en El Financiero, «Vado Ancho» en Ecos de la Costa y «Helarte de la Errata» en El Heraldo de Chiapas.


 
 
 

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