Poesía guatemalteca

Estrella Asse

Hizo tres ejercicios
de disolución de sí mismo
y al cuarto quedó sólo
con la mirada fija en la respuesta
que nadie pudo darle.

José Ángel Valente

Hay poemas que llegan a nuestras manos como si vinieran dentro de una caja de sorpresas. Una vez que la mirada comienza a recorrer los signos impresos en el papel, surge el deseo por sacar a la superficie lo que yace en el fondo, lo que apenas se asoma en los resquicios de las palabras, lo que es mera intuición ante el mundo que el poeta proyecta en su creación.

Al reflexionar acerca de la poesía, Rabindranath Tagore la compara con el impulso primario de la vida, con el estrecho vínculo por el que los seres se descubren a sí mismos, aun cuando no sepan lo que es. Ante ese misterio que no tiene fin, que no se agota por analizarlo ni se puede medir, basta exclamar: aquí está.

Es verdad que el hallazgo del poema Almendranada, de Carlos López, basta para sorprender, pero la curiosidad incita a querer adivinar qué se oculta detrás de ese título que fusiona dos términos irreconciliables, tras el choque que produce la unión de una imagen concreta con el concepto abstracto de la negación, del vacío absoluto.

Frente al riesgo de interpretar, siempre cabe la duda; la razón quiere encontrar la homogeneidad, los porqués, los principios que satisfagan todas las preguntas que se suscitan bajo el riguroso escrutinio de la lectura. De manera simultánea, la expresión emotiva del poema toca fibras íntimas, la fuerza de sus imágenes despierta la imaginación, los sentidos reaccionan y, en ese acto receptivo, emergen significados.

¿Cómo conciliar en el centro esa dualidad que, similar al movimiento pendular, va de un extremo al otro? ¿Cómo aprehender la emoción que excede a la cantidad que puede absorberse? ¿Cómo no percatarse del rigor en los rasgos que dan forma, consistencia y ritmo al poema?

Cierto es que ningún lector de Almendranada pasará por alto su esmerada forma, su estructura movible que contiene 294 versos decasílabos en los que se entreteje una trama que no tiene inicio ni fin. Los fragmentos que selecciona la memoria del poeta para verterlos en la realidad del presente se adaptan a una lectura de poemas independientes que, en segmentos de 14 versos, van reconstruyendo el tiempo inabarcable del recuerdo. Al igual que el poeta, nos sumergimos en el pasado para presenciar momentos, sensaciones, evocaciones sucesivas que transforman la linealidad de los instantes en círculos que se disuelven y se reúnen en un todo de imposible permanencia.

El poema gira, cambia, los vocablos activan su movimiento, la experiencia sensorial reproduce imágenes; una a una se acoplan a los sonidos que emanan de lo profundo de cada letra, de cada novena sílaba de voces graves, sostenidas en el aliento incesante de cadenciosos compases. En ese concierto de sintaxis, se oyen cantos de añoranzas, de nostalgias interminables, de cuestionamientos vitales.

Escuchar el verso, decía Ezra Pound, es percibir la música que duerme en la palabra, que debe siempre existir para que haya poesía. Si bien Almendranada es enjambre de texturas verbales, visibles, audibles, cuidadosamente recubiertas en su envoltura formal, el contorno se desdibuja, se difumina hacia espacios imaginarios, poblados de símbolos que aguardan ser descifrados.

El diálogo está abierto, nos convoca al tono reflexivo de una escritura íntima, huella imborrable de sucesos, forma tangible de vivencias huidizas, fuga silenciosa que da nombre a hondos enigmas, materia que nos aproxima hacia universos desconocidos.

Si interpretar implica que la propia experiencia medie entre la percepción de la lectura y la habilidad para comunicar su resultado, no es por fuerza el único aspecto ni el más importante. Las palabras tienen vida propia, relaciones fundamentales con lo que las rodea. Una imagen vaga, un concepto, una idea que se aloja en la oscuridad de la memoria encuentra un día claridad para transformarse en un poema, para transmitir a otros esa experiencia. El poeta genuino, advierte T.S. Eliot, está oprimido por una carga que debe dar a luz para sentirse aliviado; el poema que compone es una especie de exorcismo contra el demonio. Por ello, mueve en otros sentimientos que no han experimentado nunca y revela lo que otros sienten, pero no pueden definirlo porque carecen de palabras.

El llamado de atención se cumple en Almendranada: Carlos López retrata su mundo íntimo, pero nos abre una rendija por la que escuchamos secretos que hasta entonces ignorábamos, atisbamos rostros que pensábamos olvidados, reconocemos viejos dilemas enterrados en recónditas profundidades.

La potencia evocadora de una mariposa al inicio del poema será el vuelo que nos impulsa hasta fundirnos en una identidad compartida. Ella nos lleva a posarnos entre los libros del poeta. En las páginas inertes de los textos, se incuban gérmenes del ser, la experiencia del poeta se nutre de vida, asistimos a la génesis que forja su esencia poética: espejos de letras en los que se reflejan todas las historias; semilla que transmuta en una cosecha de imágenes de frutos milagrosos, útero que abriga el misterio de su origen, ritual que se cumple en el fecundo renacer de cada primavera, espera que se prolonga en la nada.


En la mariposa de alas negras
que posó en la esquina del cielo
de mi habitación, entre mis libros,
se tejió la figura con polen
de Sol. De lejanas tierras vino
el espíritu a visitar sueños
mortificados por las ausencias.

Al cielo la luz reverberando,
en laberintos hechos de espejos
presagios de tormentas traía.
Ella mediaba entre delirantes
obsesiones, sistemas, honduras,
desplazaba ignotos territorios
en el absurdo juego Dios-hombre.

Cuando enmudecí en tu cuerpo
calló mi conciencia aprehensiva:
todo quedó más o menos claro
al beber el cáliz desangrado
que ofrecían tus cicatrices negras
oscilantes entre placer, miedo,
relámpagos vesperales, olas.

No tuviste freno de tus partes
ni beso que sobrara en mis ojos:
tu verde lo sorbí en mi brebaje,
apenas amanecido rojo,
entre naranjales y rocíos
del verde mojado de mis pasos
en la clara vereda de Venus.

Tomo del atril el mejor texto
para desleer en tus abismos
la bancarrota de mis deseos.
Deshojo las horas que no pasan,
del tiempo en tu piel aprehendido;
cara que apenas intuyo, zarpo
en el viento fuerte que me arrastra.

A la hora de recibir tu cetro
amortajado, señal errante,
tu péndulo, camino cruzado,
silencioso grita: callo, veo.
Oigo el rumor de tus desahogos
rasgando mis ríos, venas. Mudos
testigos, nuestros sentidos oran.

No todo es amor. Las cosas pasan
por el tremor de la carne. Otro
teje sueños en noches insomnes.
Yo tomo el cáliz amargo, ofrenda
extraviada en infinitos nombres.
Abro mi piel y no te hallo, sólo
rumores de sangre, ecos ausentes.

De la puerta recojo palabras
desprendidas de la madrugada,
solo vuelvo a la diaria agonía,
a la ausencia, relámpago diurno
que quiebra el espíritu, deshebra
el aire; los pequeños sonidos
traen tu voz, tu palidez, tu sombra.

Perdí la razón: se nubló el tiempo.
Busqué refugio desesperado;
nos cobijó una veta de estrellas
que vi caer sin fin, inasibles,
mientras la oscuridad nos poseía.
Enhebro ayeres con luces ámbar
hasta que el enebro me obnubila.

Las agujas del diablo aletean
su impaciencia en la cuerda floja;
el reloj marca lentos infiernos,
se dilatan otras oquedades
tras la dura neblina en los ojos.
Pierdo los caminos aprendidos;
agujas de luz son los recuerdos.

Derrumbo mis sentidos ahítos,
mis razones diluyen tu imagen
entre palabras aprehendidas,
espirales de viento enredado,
caracola embrujada con notas,
raíz de todas las voces, eco
de vocales desarticuladas.

Dame tu amoroso odio, el veneno;
intoxica la grave sintaxis
de mi sangre, clorofila
desbocada, incontinente,
que busca sueños yacentes bajo
la piel del oro, imagen, espejo
del agua que dispersó el otoño.

Ahora no significa nada.
Desde el origen del tiempo nimba
en el amanecer de alfabetos
el numen memorioso, tu nombre,
sangrante universo del inicio.
El corazón de la noche pauta
ritmos, agujas con luna nueva.

Desgarro milímetros de ausencias,
tomo medidas entre tu espacio
y el mío. Como de tu pan dulce,
bebo fuego nuevo en el hornillo
de tu sexo. De ti me alimento
lamiendo dolores de mi sangre,
ahogándome en tu interior lascivo.

La mariposa negra aparece,
sola, en la cerrada noche. Vela
oníricos deseos, dolientes
carnes; trepana recuerdos, ansias,
vigías sinfín, vacíos tiempos
en que no se espera nada, a nadie.
La luz rompe la mortaja diaria.

Tarda, pero siempre acude. Grave
metáfora de la vida, avisa
muerte, que es del ser la otra figura.
Despliega sus alas en la puerta,
reposa del viaje la fatiga,
coge llantos, dolores, adioses,
y, sin destino, a la nada parte.

Velo tu cuerpo que sueña cimas;
estampado con deseos, cantos,
amoratado, lleno de esencias,
copa, deshora la madrugada.
Derramo mi alforja llena de lunas,
mis ojos abiertos que ya no miran
sino oquedades, resquicios, simas.

Llené mis ojos con luz del día
para besarte toda en la noche
con la mirada que alumbra entre
los poros de tu piel, haz de gato
alumbrando tus profundidades.
Descubro, entre saltos y silencios,
trazos que interrogan los senderos.

Destapé el baúl, saqué las cartas;
puse las letras de los afectos
sobre el pedazo del tiempo, vida
que huye en recuerdos, sueños, misterios;
claves que no abren soles encierran
pasiones ocultas, susurradas
apenas sobre la piel en blanco.

Deseo somos, pasiones, sueños.
No más que letras, somos sonidos.
Abro las vocales que me dieron
nombre entre murmullos que agonizan
en los atardeceres, en luces
negras que, enfebrecidas, mudaron
hasta la forma de iluminarnos.

Al final de nuestro andar, palabras,
siempre en el principio. Balbuceantes
metáforas, claves heredadas,
símbolos, imágenes, enigmas
se van, se olvidan cuando la muerte
arrebata los recuerdos, sólo
deja monosílabos, deletreos.

Nuestra sangre, hechura de alfabetos,
ahoga sueños que navegaron
el universo, todas las sangres;
lenguas, historias, leyendas, luchas
contra espíritus, dioses, demonios
cabalgan sobre caos, rupturas.
El mundo se reordena en la muerte.

La tarde tragada por la noche
bifurca sombras que fueron luces,
aumenta los laberintos. Pasos
que no tocan el suelo se escuchan
sobre la piel del viento, rozan
las soledades de la otra orilla
inmersa en el fondo de la hoguera.

Quema el recuerdo, quema el estado
de amor, quema la tarde, la ausencia.
Todo debe arder para inventarnos
de nuevo en el cuerpo consumido
en el crepúsculo por la espera.
Todo debe quemarse en la tarde
para que la noche llegue sola.

Limpia la noche un viento, tornado
que nadie ve, que solo oigo; barre
caminos, deshoja la presencia
del Creador en la Tierra; presente
y pasado dialogan, conjugan
ecos de tormentas; la locura
de los árboles contagia al cielo.

Las nubes pasan, cargan el polen
negro de las altas horas; cierran
las esquinas de luz de la luna,
orugas que ventean en el cosmos.
Lentas, las horas reviven ideas,
imágenes; graban los instantes;
mácula del tiempo, su existencia.

Copas en llamas de árboles negros
quemados por relámpagos diurnos
alumbran la cresta de los tumbos
de la creciente brava del río,
gusano de luz que se desliza
bajo el manto de estrellas que caen,
rebosante de peces de fuego.

Las luces de la noche transporta
el río. Ni un nauta lo navega.
Sólo presencias lo orientan. Aguas
en las que se bañan solitarias
ánimas, seres nocturnos; sombras
que bajan a llenar sus atarrayas
destilan lágrimas, chispas, vidrios.

Fuego azul nace en el centro, origen
de la luz, irrupción de la vida.
Luz somos, de la luz provenimos.
Muertos, se cierran los ojos, luces
que acarrearon un trecho de tiempo.
Sale el relámpago al final, lleva
de vuelta al origen la energía.

Por la cabeza se va la fuerza,
por la fuente de luz se disipa
el infinito, todo lo creado.
Criaturas de la nada, a la nada
volvemos; al fuego eterno, inicio
del otro que nunca nos fue dado.
En el caos, el olvido es destino.

Ritmo y ripio raptan los reptiles
al oír el río riendo; reptan
al tronar de los rastrojos, rompen
ramas rimeros de los escombros.
Redes remendadas por remeros
reverberan lo atrapado, raros
peces arponeados, masacrados.

Dolorosos versos, abalorios;
cobre, bronce, herrumbre, retorcidas
figuras, metáforas rasgadas;
al derrochar palabras se abruma
la forma; se construyen derruidas
moradas, cárceles para el verbo,
en lugar de palabras libertas.

Setenta veces siete es el mismo
número de sílabas paradas
en un pedestal. Siempre es adverbio,
adjetivo, sustantivo, tiempo.
Infinitas veces se perdona.
Diario se recoge la cosecha.
El mismo camino recorremos.

El ocho es una mujer dormida,
oxímoron viendo el infinito,
el Oriente frente al Occidente.
Mares de luz que mudan su forma
con el soplo divino. Celestes
noches sin oscuridad. Historias
que cuentan la inmensidad del canto.

Repetición que no es igual nunca;
fin del principio, el mar; las olas
son eco, ritmo de las historias
que creamos para reinventarnos
en el no-tiempo, con las mentiras
de la eternidad, la permanencia
que aspiramos para consagrarnos.

Desnudos frente a la verdad, todos
humildes ante tronos, poderes
que esclavizan nuestro pensamiento;
arrostran la vergüenza con sangre
de nuestro río falsos hermanos.
El numen del universo regla
mareas, caudales, clorofilas.

Dios creó la destrucción creando
al hombre, que no para en su empresa
de conquistar todos los espacios,
tiempos, movimientos; que edifica
paraísos encima de infiernos,
basureros bajo la ignominia,
enclaves, imperios, vasallajes.

Su criatura, imperfecta, inexacta,
se impone todos los adjetivos
en la mente; se ufana, arrogante,
de sus medallas, trofeos, marcas;
el pecho condecora con cruces;
el fracaso de los otros goza;
lágrimas de dolor son su trono.

Se pasteurizan conciencias, dioses;
se industrializa el sexo, la alegre
mentira; se fabrican tormentas,
pestes; en centros asistenciales
se empeñan sentimientos descalzos,
promesas rotas, locos futuros
instalados en el pasado.

Fragmentos de espejos cortan vientos
de la desolación reflejada
en la luna morena de octubre.
Del caos sólo quedan vestigios.
Alumbrando para atrás camino
dando tumbos en el laberinto,
en el desconcierto de los mundos.

Los sueños que me quitan el sueño
nada tienen que ver con su insomnio.
Mis fantasmas cruzan tiempos, alas
de infinitud reman en la Vía
Láctea, que explota en arcoiris; piedras
que guardan la memoria de mundos
echan lumbre, alumbran mis senderos.

Los huesos de mis ancestros gritan
con su caligrafía trazada
con signos de interrogación, magia.
En el centro hay polen, mariposas,
guías de flores que indagan, reptan
sobre el origen de la creación,
del empalabramiento del mundo.

Carlos López

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