Poesía guatemalteca

Arqueles Morales

 DIALECTICA

Vamos por partes, queridos profesores:



no hay hombre de mi tiempo, afirmo aquí.



Hay hombres de su tiempo,



pocos y elegidos, en principio,



a la luz de los actos que los van completando,



consumidos a veces por la joven historia,



admirados por muchos,



cubiertos de ignominia por quienes se conocen



y se saben lejanos de sus hechos hermosos.



Hay, entonces, que tomar de sus vidas lo que dejan



y lo que por modestia



no dicen sus grandes corazones.



Comenzar a ver si lo que hoy consigue conmovernos



y a ellos les nombra jóvenes y victoriosos



aún después de muertos,



nos hace ser también los hombres de su tiempo.





 RONDA DE POETAS CENTROAMERICANOS

Usted, maestro, tradujo bien a Blake



y cada quien de nosotros debe algo



a sus buenos oficios.



Tú nos hiciste comprender que Mayakovski



no era sólo una mala invención de Lila Guerrero,



que su poesía arrastraba un equipaje de grandes multitudes.



Nuestro común amigo hizo de Mallarmé -y ni qué hablar



de Aragón, ese mapa mundial encerrado en los ojos de Elsa-



la comidilla del café dominical.



A usted, caballero de la orden del tedio,



le debemos saber que Rilke almidonaba la palabra



hasta hacerla morir de languideces.



Muchas gracias, amigos. ¿Quién, sin embargo,



podría confiarme cómo se dice amigo en cakchiquel,



qué sonido produce amor en mam o pocomam,



de cuál tamaño es el odio expresado en pipil?






 JUEGO DE IDENTIDADES

Este país de que hablo no ha sido siempre mío.



Lo hicieron para mí como un azar vibrante;



malos artesanos borrachos lo trataron con descuido,



distribuyeron los papeles en su teatro



¡y a mí sin preguntarme!



¿Qué fui, pues, y qué fuimos durante la primera juventud?



Apenas la nostalgia del salvaje a la fuerza,



locos desmelenados y buenos



ante la complacencia de los espectadores



pues la palabra no bastaba para afirmar el peligro.



Repito:



este país de que hablo no siempre ha sido mío.



Y la parte en que hoy me reconozco



no la he pagado yo para mí mismo.



De otros fueron la sangre y el valor y los miedos.



Y la palabra, jugando su papel,



sigue siendo de alguna manera insuficiente.






 LO QUE YA NO ES SUFICIENTE

Pedirle una hora benigna a un día es ser inconsecuente



con nuestra propia juventud.



Hay que hacer que el día sea bueno en toda su extensión



o combatirlo con los ojos abiertos.



Exigir un momento de amor para toda la vida



es negar nuestra propia razón. Hay que lograr



que el amor nos impulse



en estos largos caminos en que andamos.



Pedirle piedad al enemigo



es rebajar la estatura de nuestros propios actos.



Quererlo convencer con paciencia y en uso de la lógica



es colocarlo a nuestra propia altura.



Pedir un poco de poder para el proletariado



es traicionar a Marx.



Con medio salario no gana nadie la tranquilidad



y sí se puede aupar a los medrosos.



Cuando Lenin decía: “¡Todo el poder a los Soviets!”



no sugería “Un poco de poder a los Soviets”.



Las batallas se dan en su momento o se concilia.



En la juventud, en el amor, en la dignidad



y en la lucha de clases.







 RECONVALECENCIA

Por esta vez el juego ha terminado. Buena suerte.



La muerte no te quiso o te ignoró, sencillamente.



Pero ahora, cuando abras la puerta



y terminen tus pasos de cruzarla,



tendrán nombre distinto tus objetos cercanos.



Todo estará ya nuevo. Menos la obsesión.



Y es que la guerra que te duele a fondo



ha seguido su curso



sin esperar que crezcas nuevamente de los huesos.



Habrá que tratar de vivir desde hoy a grandes trancos



a ver si pese a todo



vas recobrando el tiempo que perdiste



en este diálogo inútil con tu fin.





Estos poemas fueron incluidos gracias a la colaboración del poeta Francisco Morales Santos.

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