Poesía guatemalteca

Gerardo Guinea Diez

FUENTE DE PENAS
Sí, te lo escuché decir:
era un crápula,
pero cómo te amaba;
sí, te lo escuché llorar,
de bruces en un abismo de lágrimas,
sin amparo, derribada por el hachazo;
pero, qué haces con las astillas,
qué, con la mitad de esa luz
que te ciega como una luna.

Sí, te lo escuché decir:
era un crápula,
pero te amaba
como un bendito sin cordura,
venerándote entre ruinas
y la asfixia de su infierno.


TU PATIO
Propicio es el martes para festejar
y decir lo que la sangre no puede,
pero en tu casa desierta mora un deseo
que naufraga en un mar de ruinas
           petrificadas en su cólera,
más allá del sueño de la estirpe,
en la orilla del naranjo de tu patio,
con un silencio hundido en sus raíces,
obediente a un dios caído.

Propicia es la gloria equivocada,
pero tu casa desierta con la cama tendida,
entre desmayos y flores degolladas,
ordena el Paraíso que tu escrupulosa voz
                                     modela.

Propicio resulta el día para erigir la noche
y soñarte con un niño entre los brazos
y una jarra de agua en la azotea del cielo;
lo es cuando el gallo anuncia la madrugada,
indigesta de dolor y malos augurios;
propicia, es pues, cuando pactas tranquila
la tragedia de mundos infinitos,
mientras un cometa se enrosca en tu cuerpo
y mi avidez desanda el camino de tu patio.


CóMO PESA VERTE
Te veo con este peso
que dibuja un telar de amor,
y el corazón es un ánfora
a punto de reventarse,
una bestia coceando a ciegas.

Te veo y cae una mentira
que desflora la mañana
y me obliga a hincarme,
a estar en la penumbra del silencio,
en el lienzo que te pinta
como un tallo que alimenta
perversidades y resplandores.

Pero, quién recordará tus ojos celestes,
quién dirá tu nombre
y con eso baste para calmar la sangre
y los deseos de nuestra gracia;
quién,
quizá la piedad de ese hombre
que te sueña y guarda en secreto
el sabor de tu alba;
quién,
quizá mis ojos que rozan
tu fosa cuando resbalan hacia la locura.


POSESIONES
Ya no tengo adónde volver mis ojos,
muertos son los vivos
que deambulan por el corredor
con su nada, agitando banderas
sin un final apropiado.

Ya no tengo adónde volver mis ojos,
y agónica suena el agua del cántaro
cuando tus pies pisan el precipicio
y tus manos desde la locura,
desovan mis deseos.

Ya no tengo cómo rescatar el día,
que se niega a levantarse de la losa
donde las piedras acumulan décadas
y el tiempo, en su horario carnicero,
revienta sobre el pavimento la demencia
de lo que siempre está siendo,
más allá de tu rostro,
más acá de lo que se desmorona.


EL ABECEDARIO DE MI MUJER
Tú, hija del mar,
tocas la frente insomne del día
y diestra en salvaciones,
anegas la cólera
con balbuceos gozosos
que dan ganas de reír
y morirse en esa última realidad
tan habitada de ligerezas,
naranjas y buganvilias.

Tú, hija del mar,
algo sabes del gentío
que llena las calles
de un esplendor absorto,
óseo y duro como sus miradas.
Tú, hija del mar,
gracia y alimento,
respiras el vivir del mundo,
diestra en tu trono de luz
y mangos de leche,
eternamente desplomas
tu hambre de vida
con los frutos rojos,
amarillos y verdes,
donde encalla adormecido
un año de mil días.

Poemas tomados del libro  Poemas para el martes
(2003-2005)
Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón



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